La monarquía absoluta es una forma de gobierno en la que el monarca ostenta el poder absoluto. No existe en ella división de poderes. Aunque la administración de la justicia pueda tener una autonomía relativa en relación al rey, o existan instituciones parlamentarias, el monarca absoluto puede cambiar las decisiones o dictámenes de los tribunales en última instancia o reformar las leyes a su voluntad. Nombra y retira a sus asistentes en el gobierno a su voluntad. La unidad de todos los poderes suele considerarse justificada por considerar que la fuente del poder es Dios y que los monarcas ejercen la soberanía por derecho divino de los reyes. No hay mecanismos por los que el soberano responda por sus actos, si no es ante Dios mismo.
La monarquía es absoluta cuando el soberano (rey/reina, emperador/emperatriz, zar, emir, etcétera) tiene el control absoluto sobre el poder político y las fuerzas armadas. En una monarquía absoluta no existe una división de poderes, la fuente de legislar y gobernar es el monarca. En términos judiciales el rey es la última instancia para abolir, promulgar, vetar o reformar leyes.
Históricamente, la monarquía absoluta se desarrolló en la Edad Media a partir del sistema feudal. En los siglos XVI y XVII, conforme se consolidaron los Estados Nación en Europa, el poder del monarca alcanzó sus niveles más altos; el rey sólo respondía ante el juicio directo de Dios y era la máxima representatividad de Dios en la Tierra. Luis XVI en Francia es el símbolo de este clímax de absolutismo, estrechamente relacionado con la religión.
La monarquía absoluta sólo persiste en los sistemas políticos de la península arábiga, donde hay reinos, emiratos y sultanatos que se caracterizan entre sí por regir de modo absolutista.
En el mundo contemporáneo existen aún cuatro monarquías absolutas en Omán, Brunéi, Arabia Saudita y Suazilandia Nepal.
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